LA HISTORIA DEL NIÑO Y EL CABALLO

Un ferrocarril es un caballo que galopa y relincha en la montaña,

y un barco es un jinete sobre las crines del mar

Orlando Araujo

 

Esta es la historia de un niño y un caballo

Hoy nos vamos a dedicar  a la reseña de un hermoso cuento del escritor venezolano Orlando Araujo, conocido especialmente por  su obra Los viajes de Miguel Vicente pata caliente, publicada en 1977. El relato que hoy nos ocupa es El niño y el caballo, publicado en el año 1993 y luego en una segunda edición en 1997. Es una historia realista que cuenta la vida en el medio rural venezolano.

 

Portada del libro
Portada del libro

En este relato se cuenta la historia de José de Jesús y su potro Canelapura. Ellos crecieron juntos hasta hacerse hombre y caballo.

La historia de José de Jesús y su caballo es narrada por un viejo cuenta cuentos,  a un niño que lo escucha bajo la sombra de un árbol, un guamo de alta estatura, que a su vez, se convierte en testigo de todo lo que acontece.

 

El abuelo cuenta cuentos y el niño siguiendo sus historias
El abuelo cuenta cuentos y el niño siguiendo sus historias

 

José de Jesús aprendió a cuidar a los caballos.

El papá de José de Jesús se llamaba Juan Isidro y fue él quien transmitió a su hijo no sólo el amor  por los caballos, sino también las enseñanzas para cuidarlos y para dominar el arte de galopar por esos mundos de Dios.

Decía el abuelo cuenta cuentos que Juan Isidro, el padre de José de Jesús tenía  cara de caballo y contaba que por las noches, hasta relinchaba en la oscuridad, tal como si fuera un caballo.

Juan Isidro le decía a su hijo que tenía que darle seguridad al caballo y que  todo comenzaba  por sobarle  el lomo:

Y mientras hablaba y palmeaba al caballo con la mano derecha y por el lado izquierdo, con la otra mano metía  pedacitos  de papelón entre los dientes. Y poco a poco el potro se iba quedando quietecito. (Araujo, 1993:7)

 

No hay como darles confianza…

Juan Isidro todo el tiempo conversaba con su hijo José de Jesús y le advertía sobre lo que tenía  que hacer para ganarse la confianza y  el afecto de su potro:

Lo que tiene que hacer es no asustarlo-dice a José de Jesús. No haga ningún movimiento que lo supirite. El potrico se va  amañando con uno  y uno con él. Haga que más  nadie se acerque, ni meta la mano. Tiene que ser siempre usté con él  y él con usté. No lo canse mucho, pero no lo deje hasta que sean amigos. (Araujo, 1993:9)

Lo mejor de esta historia es que cuando el padre le hablaba al niño, ya José de Jesús demostraba mucha maña en el asunto, porque él antes  de oír  sus consejos, observaba detenidamente  todo lo que hacía  el padre en su trabajo de crianza de caballos.

José de Jesús  se había encariñado con uno de los potros, al que había  domado y con el que cabalgaba acompañando a su padre  en los quehaceres, pero un buen día llegó el dueño del caballo y se lo llevó y el niño entonces quedó muy triste y se sentía vacío como  si le hubieran arrancado una parte  de sí mismo.

Pero esto,  en cierta forma era verdad, pues se sentía  como si el caballo hubiera muerto. Decía Orlando Araujo que: “La silla  quedó en el sillero como un ave muerta y el freno colgaba en la pared como una calavera de caballo” (Ob cit: 11)

 

Este potrillo es mío

Pasados unos días, cuando José  de Jesús y Juan Isidro regresaban de la faena diaria, Sinforosa, la madre de José  de Jesús los esperaba ansiosa pues la Yegua Cartablanca estaba pariendo. Todos corrieron a la caballeriza  y acompañaron a la yegua en el parto.

Cundo Jesús se dio cuenta que había nacido un potro, sin mediar palabra previamente  con sus padres, gritó con determinación: “¡Ese potrico es mío!”.

Los padres  le decían que eso era imposible  porque ese potro era del Coronel  Vergara, dueño de la hacienda. Juan Isidro se disgustó mucho con la actitud  de  José de Jesús y lo reprendió severamente, pero José de Jesús insistió en que él mismo lo amansaría.

Efectivamente, José de Jesús crió al potrico e insistía en que nadie se lo iba  a quitar. Durante mucho tiempo José de Jesús  se dedicó al trabajo del cuidado de los caballos.

Arreaba  a los caballos y los  soltaba  para corrieran en los potreros y se revolcaran patas  arriba y comieran pasto y sintieran plena su libertad. Los llevaba  a beber agua  en el río y hacía todo lo que fuera menester para su crianza y sus cuidados.

 

“Niño y potro crecieron juntos hasta alcanzar hombre y caballo”    

 

Transcurrió el tiempo y pasaron muchas  cosas. Murió Juan Isidro, el padre de José de Jesús. Él  se convirtió en un hombre fuerte y responsable  que amaba lo que hacía. Se forjó en José de Jesús, un indomable espíritu de libertad y por supuesto, aferrado a su corcel, el que creció al calor de sus cuidados y a quien le dio el nombre de Canelapura, haciendo honor  a su color.

Jinete y caballo eran inseparables, recorrían la sabana abierta. Galopaban hasta perderse  en el horizonte.

Después de muchos años, apareció el coronel dueño de la hacienda y del caballo. José  de Jesús y su madre Sinforosa, lucharon para que se hiciera justica y no les quitaran lo que tanto esfuerzo les había costado y aquí José de Jesús demostró mucha astucia y verdadera inteligencia.

 

¡A buscar el mundo, madre!

José de Jesús logra escapar de la persecución del coronel y de los hombres que le apoyaban y pasado unos días, sorteando muchas dificultades, inicia  el camino de regreso para buscar  a su mamá.

Hizo su recorrido por las noches cabalgando su querido Corcel, su inseparable Canelapura, atravesó la sabana.

 

 

Cabalgando. Con seguridad e independencia…

Contaba con el apoyo de cuanto ser de buena voluntad encontró en su camino y con la astucia de quienes viven la vida del campo y padecen las mismas necesidades. Tal como dice el autor, ya casi finalizando esta historia:

Entre mil caminos se dispersa gente, los arrieros cantan al amanecer y los escoteros, ayudantes  suyos, silban entreteniendo el camino con aguardiente y chimó  (Ob cit: 15)

José de Jesús superó los peligros  de la crecida  de los ríos y los inconvenientes con la gente. Llegó por fin a la choza donde creció y recibió el amor y la crianza de sus padres. Llamó a la puerta y su madre lo recibió a sabiendas de que tenían que irse, pues la amenaza del coronel rondaba los caminos.

Sinforosa tomó unos cuantos objetos y se montó en el caballo y se abrazó a la cintura  de su hijo. José de Jesús le lanzó fuego a la choza y las llamas  iluminaron la primera etapa de camino

“¿A dónde vamos hijo?” preguntó Sinforosa y José de Jesús le respondió: “A buscar el mundo, madre”. Y dicen que  por esos mundos de Dios, van mujer, caballo y hombre, andando caminos,  construyendo la vida.

  

Referencias Bibliográficas:

Araujo, Orlando (1993/1997) El niño y el caballo. Caracas. Editorial  Monte Ávila Editores Latinoamericanos.

 

http://www.gustavomirabal.es/gustavo-mirabal/el-verdadero-gustavo-mirabal-castro/

http://www.gustavomirabal.es/uncategorized/gustavo-mirabal-en-el-mundo-ecuestre/

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